¿Les dices a tus hijos la verdad?

 

¿Te acuerdas cuando eras niño y oías; “No digas nada que está el niño”?

¿Te acuerdas de haber pensado; “Si lo sé todo, se piensan que soy tonto”?

 

Los niños son personitas pequeñas. No son grandes conocedores del mundo pero tampoco son tontos. Los niños ríen, sufren, están contentos, están tristes, se sienten incomprendidos, a una menor escala, tienen los mismos estados de ánimo que los adultos. En definitiva, los niños, SIENTEN.

 

No te voy a decir que hay que decirle a los niños lo cruel que es la vida a veces pero sí explicarles la verdad desde los términos más optimistas de los que dispongamos. No hablar con tu hijo de la realidad no quiere decir que no sepa cuál es. No explicarle a tu hijo por qué las cosas son de una manera y no de otra, no significa que tu hijo viva al margen de los problemas que haya en vuestra casa, lo que puede ocurrir es que tu hijo saque sus propias conclusiones de una realidad que a él le preocupa, que por tanto existe y que nadie se ha preocupado en explicarle.

 

Te pondré un ejemplo:

 

Si un niño está triste porque su padre no va a ir a verle a actuar a su colegio y sabe que el padre no va a verle no porque le sea imposible sino porque no quiere y te dice: “Papá no viene porque no quiere, no me quiere”

 

¿Cómo reaccionamos ante esta situación? ¿Alimentamos la mentira o le explicamos la realidad de la vida?

 

Desde mi opinión, siempre que se pueda hay que decir y explicar la verdad aunque ésta duela. La verdad no es que su padre no le quiera, eso sólo lo sabe el padre, si bien es cierto que no lo demuestra también es cierto que muchas personas no saben expresar sus sentimientos hacia otras personas. Lo que sí que es cierto es que su padre no va a verlo porque no quiere, porque podría pero ha decidido no ir.

 

Una respuesta podría ser:

 

“Cariño, no digas eso, papá está liado (aunque tú sepas que no trabaja y podría ir a verle) y te quiere mucho”

 

Con esta respuesta, le estamos transmitiendo al niño una realidad distorsionada. Él sabe la verdad, es consciente, no es un iluso. La información de la vida no le llega solamente de nuestra parte. Le llega de muchos sitios. Le llega de sus amigos, del colegio, de los profesores, de los medios de comunicación, de las conversaciones que oye, de las preguntas que hace, de infinidad de lugares. Lo único que conseguimos es que nuestro hijo esté confuso en su interior. Sabe la realidad pero se la ocultan y no entiende por qué se la ocultan. ¿Será él el culpable?

 

Otra muy distinta podría ser:

 

“Cariño, papá podría ir a verte, es cierto; él se lo pierde si ha decidido no ir. No sabemos sus motivos. No creo que no te quiera, lo que creo es que no sabe cómo demostrarlo y a lo mejor no sabe lo importante que es para ti este día”.

 

Aquí exponemos la realidad. Aquí el niño es conocedor de la verdad. Aquí el niño no se siente confundido y el sentimiento de culpabilidad es menos probable que aparezca. Aquí el niño escucha la verdad que él siente.

 

Hablar con nuestros hijos es importantísimo. Es tan simple como transportarnos a nuestra niñez, a esas situaciones que vivíamos y querían ocultarnos sin éxito. La vida tiene infinidades de cosas bonitas y otras no tanto. En todas las familias, aparece algún tipo de bache sea de la índole que sea, los niños atraviesan ese bache igual que lo hace la familia entera. Hablar con nuestros hijos en estos momentos hará que sus miedos no aumenten, se sentirán protegidos e infinitamente amados y comprendidos. No podemos cambiar la realidad pero sí hacerla más fácil.

 

 

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